A veces las historias más siniestras de esta vida sacan lo mejor de las personas, de un país o de una sociedad. Los angustiosos 13 días esperando el rescate del pequeño Julen han demostrado que la humanidad cuando queremos podemos unirnos de tal forma que hasta conseguimos creer que el
milagro va a ocurrir. En este caso el milagro no ocurrió. Julen fue rescatado sin vida pese a la fuerza con la que todos lo deseamos. Sin embargo en esa espera hemos podido comprobar el derroche de fuerza, trabajo y talento desinteresado de tanta gente, desde mineros, Guardia Civiles, voluntarios,.... hasta la gente del pueblo de Totalán. Mi más sincero reconocimiento para todos ellos.
Sin embargo, como suele pasar, siempre existe una parte oscura que incluso cuando es lo último que se necesita aparece, intentando apagar la luz que otros desprenden para alumbrar. Y a mi, en estos trece días donde la angustia ha estado en una parte de mi cuerpo latiendo, me ha hervido y mi hierve la sangre de tal forma que si no lo escribo sangro.
Todos los padres, o al menos aquellos que llevamos con honor y orgullo ese nombre, queremos lo mejor para nuestros hijos y todos daríamos la vida por ellos. Todos, sin excepción, queremos ante todo proteger a nuestros hijos, que no les ocurra nada, y por eso estamos alerta, los vigilamos, los cuidamos, intentamos alejarlos de los peligros. Y si pensamos en que les pueda llegar a ocurrir algo es inexplicable el nudo y la angustia que se nos pone en el estomago y el corazón. Todos los padres vivimos con ese miedo vital.
En estos días me he hartado de leer e incluso escuchar, comentarios poniendo en duda el papel de los padres de Julen, su implicación a la hora de vigilarlo en aquel maldito monte, sus supuestos descuidos... ¡En que mundo vivimos!
Soy madre de mellizos. No hay nada más importante para mi que su cuidado, su protección y que estén seguros. Pero señores, lo confieso, no estoy pegada a ellos las 24 horas. Ni yo, ni su padre, ni sus abuelos, ni nadie del entorno que los vigila. Puedo jurar que cuando estamos fuera de casa (e incluso dentro) intento que mi campo visual esté siempre encima de ellos, ¡y son dos!,procuro no tenerlos alejados más allá de lo necesario, la distancia mínima para poder alcanzarlos echando a correr en un momento determinado. Y sin embargo, mis hijos andan y corren solos, no he unido mi mano a la suya con Loctite.

Vamos a la piscina, al parque, a los columpios. Incluso nos hemos ido a la playa o a una zona de montaña parecida a aquella en la que Julen correteaba antes de caer al pozo. Y en todos esos escenarios mis hijos han campado a sus anchas, cerca de nosotros, pero a su aire. Simplemente porque son niños. ¿Acaso se me puede tachar de mala madre por ello?
¿Quién me dice a mi que en una de estas excursiones a la montaña mientras observo a mis hijos delante de mis ojos jugar y correr no los veo desaparecer tragados por la tierra sin darme tiempo a alcanzarlos pese a tirarme en plancha encima como hizo el padre de Julen?
Se les llena la boca a muchas madres-premio-del-año en comentarios en Facebook diciendo aquello de: "Yo a mi hija no la pierdo de vista" . El padre de Julen tampoco lo hizo, por eso lo vió desaparecer en aquel túnel vertical. Por eso, echó a correr en cuanto su prima le avisó de que el niño se alejaba pensando que podría tropezarse, sin más (como desearían ahora tener una pierna rota por un tropezón). No estamos hablando de dejar de mirar a tu hijo, de dejarle solo, estamos hablando de que un niño de dos años corre libre, juega en el campo, salta ante la mirada de su padre que por desgracia no tiene el superpoder de congelarlo en el aire antes de ser engullido.
A mi, mis hijos se me han caído de la cama y de la trona. A sus abuelos también. Se han hecho brechas y moratones porque al correr se han tropezado y han dado con la cabeza en el suelo. ¿Qué me hubiera gustado ahorrarles el golpe, poder haber puesto mis manos entre su cuerpo y el asfalto para amortiguarlo? No hay duda. Pero eso implicaría que mis hijos no son niños felices, libres, sanos, que quieren moverse, descubrir, que necesitan soltar energía, porque la tienen.
Estamos muy acostumbrados a criticar al de al lado, a no ver más allá de nuestras narices, no empatizar y sobretodo, a no humanizar. Por suerte, quiero pensar, no es la regla general. Hay más gente buena que mala. Pero estas personas que tanto critican, que ponen en duda a unos padres que acaban de perder a un hijo de una forma tan terrible teniendo que haber lidiado ya con la perdida de dos hijos (si, dos, porque además de a Oliver con 3 años perdieron a un bebé de 8 meses de embarazo), estas personas hacen daño y me hace pensar en lo mucho que hay que trabajar aún esta sociedad para dejar los: "Aquí hay algo raro", No nos están contando algo", "Si ha pasado será por algo", "Ya saldrá todo ya"....
Y lo peor de todo es que si les recriminas su actitud, se atrincheran detrás del: "Yo no estoy diciendo nada, solo digo que puede haber algo más" "Dudar esta permitido"... Como si con ello la vergüenza que debieran sentir se difuminara.
Pues miren señores, a día de hoy creo que ya está claro que, por desgracia, Julen murió por una caída libre en un pozo, que, como escuché decir a un Guardia Civil, en este caso se han dado todas las malas suertes que se podían dar", y que los únicos culpables son aquellos que han permitido tener un pozo de esas características sin tapar de la forma reglamentaria. Pero, aún en el caso de que se descubriera que alguna de esas "dudas sembradas" es verdad, que ha habido algo más que una caída fortuita en un pozo..... les aseguro que prefiero quedar de tonta, de inocente, de ignorante antes que haber caído en el insano pensamiento de culpar "supuestamente" a unos padres cuya vida está destrozada.
Espero que a todos esos madres-padres-premio-del-año sus hijos nunca tengan un corte, una lesión, un golpe, un moratón o una desgracia fruto de la mala suerte porque igual tienen que sentir en sus propias carnes lo que es que te crucifiquen cuando ya estás muerto.
Sólo deseo que los padres de Julen no hayan tenido demasiado conocimiento de estas sandeces que lo único que hacen es ahondar de una manera innecesaria en un dolor irremediable.
Vuelta alto Julen, ayuda a tus padres a encontrar la paz.
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